Una o dos semanas antes, la oscuridad de dos o tres rayos de luz dentro de la letrina, iluminaban las moscas sobre la carga y la hediondez delataba su crimen. Después le quedaban pocos minutos de paz. Al ser delatado, la saliva le llegaba a las sandalias asustadas, sudadas. Rechinando sus dientes, roer, en granos de arena y enredo de gargantas. El mismo marcó su apreso.
Así, susto el dictamen y el sonar del timbre. Sirena roja y azul, esposa de muñecas. Inmóvil. Metal, metal, placa contra camioneta, culpable de tres muertes. "Te me vas a mi celda". Noche insoportable de golpes en funciones del Estado. Así dos semanas.
Ahora maldito, desnudo en la regadera, con orines y heces de aureola. Ya sin cadenas. Se desangra y diluye su rojo en agua podrida. Llorando el dolor de destornillador en el costado, a venganza por hija descuartizada. Tres muertes más una, cuatro. Crudas, del demonio. Que sí existe, matando perdones y redenciones. Moliendo más de una tripa.
Perdonando a los despiadados.
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